El Inicio de la Esperanza

Programa de alfabetización para mujeres de una comunidad empobrecida en el Medio Oriente, trae esperanza

Lila estaba parada en los escalones frente al edificio que albergaba el programa de alfabetización para mujeres que ella dirigía, tenía una mano firmemente en su cadera y con la otra despegaba pedazos de cinta adhesiva de la puerta donde había colgado repetidamente los carteles que anunciaban sus próximas clases. Ella nunca esperó que fuera fácil, pero cuatro carteles despegados le parecieron un verdadero desafío.

Mientras quitaba la cinta, notó que las mujeres se habían reunido al final de una calle angosta. Ella había invertido semanas visitando a los vecinos antes de abrir el proyecto. Ella las conocía, incluso algunas de ellas se habían convertido en sus amigas.

En su mente dudó en confrontarlas, pero rápidamente ajustó su broche de cabello, enviando su cabello hacia atrás y se dirigió a la calle para unirse a ellas. No le tomó mucho tiempo darse cuenta que ellas sabían todo sobre los anuncios desaparecidos.

«Oh, lo lamentamos mucho,» una mujer se disculpó. Otras comenzaron a explicar. «Fátima está muy molesta por lo que tú estás haciendo. Ella se encuentra parada en la calle y nos impide entrar cuando venimos a clases.» Lila pidió conocer a Fátima, y así podría invitarla a observar las clases. Fátima apareció, frunciendo el ceño al inicio, pero ella comenzó a escuchar, luego a participar y finalmente a animar a sus amigas.

Lila tiene suficiente experiencia enseñando en programas de alfabetización para saber el valor de lo que estaba haciendo. También ha experimentado los obstáculos: Convertir un edificio abandonado de la iglesia en un lugar funcional. Viajar tres horas diarias en autobús, luego en taxi y finalmente a pie. Construyendo la confianza en un vecindario escéptico.

Cuando ella abrió el programa por primera vez, era relativamente atractivo para las mujeres del vecindario. Pero cuando el líder religioso local amenazó a cualquiera que asistiera a sus clases, Lila se encontró haciendo el largo viaje cada día sólo por una mujer que seguía asistiendo, a pesar de estar sufriendo intimidación. Lila admitió, «Por poco me rindo. Pero Dios me dio una idea de lo que estaba pasando aquí.»

Después de algunas semanas, la única estudiante fiel invitó a un familiar a venir a la clase. El pariente trajo a una amiga y la amiga trajo a sus vecinas. Hoy, la mayoría de las estudiantes son mujeres de la religión mayoritaria, y han venido por la publicidad de boca en boca entre vecinos, e incluso por recomendaciones del centro de educación local.

El amor de Lila por las mujeres le da fuerza en las dificultades. Ella recuerda al esposo que prohibió a su esposa a no asistir más a las clases, «¿Por qué haces esto? ¡Ya eres una persona adulta!» él insistió.

Lila visitó al hombre y le dijo, «Tú estarás mejor cuando tu esposa aprenda a leer. Ella será un honor para ti.» Él cedió. Pronto él estaba ayudando a su esposa a realizar sus tareas. Luego, él la apresuraba para salir de casa cuando las clases estaban por iniciar. Él notó que ella podía leer la medicación que él necesitaba tomar, él supo que estaba mejor.

Debido a que el proyecto es un programa de alfabetización aprobado, Lila puede otorgar a las estudiantes un certificado oficial cuando aprueban el examen del gobierno. Eso confirma las habilidades que ellas han aprendido, les permite inscribirse en alguna escuela del área, e incluso las califica para una pequeña beca e iniciar un negocio propio. Ellas incluso pueden firmar sus nombres y leer el nombre de sus hijos.

El beneficio que ellas recibieron fortalece el proyecto también. «Cuando me di cuenta que las mujeres necesitaban habilidades en el mercado,» Lila cuenta, «conseguí algunas máquinas de coser y contraté a tres graduadas del proyecto para enseñar a otras mujeres a coser. Ahora ellas hacen sábanas, mantas y ropa de dormir para adquirir fondos para el proyecto». El edificio grande también provee espacio para que los niños tengan actividades donde se emplea a graduadas para cuidar a los hijos de las madres que están aprendiendo.

Los materiales de Lila son simples: una pequeña colección de libros para niños, pautas del gobierno, hojas de trabajo simples y actividades que ella crea del mundo de las mujeres. Ser adultos no disminuye su entusiasmo por aprender o el orgullo cuando lo han hecho bien. La experiencia es contagiosa, sus clases están limitadas a 15 estudiantes por un periodo de tres meses, se llena fácilmente a través de referencias personales.

Por supuesto, el seguimiento de Lila también es personal y va mucho más allá de enseñar a leer y escribir. «Ellas llegan a confiar en que realmente me preocupo por ellas, se sienten seguras compartiendo sus problemas y desafíos. Me convierto en parte de sus vidas.» ella admite. Algunas la llaman “mamá”, una posición envidiable que le permite influenciar en su paternidad, matrimonios y bienestar emocional e incluso en cómo ven a Dios.

Lila comparte abiertamente con ellas. «Les digo lo que creo que les ayudará en sus vidas. No necesito decir nada que cree conflicto, solo comparto de la Biblia lo que sé que satisfará sus necesidades.» A veces comparan lo que su fe les enseña con lo que Lila está compartiendo con ellas. A veces le piden que ore con ellas.

«A través de todo,» testifica Lila, «veo a Dios edificándolas, desarrollando sus dones, trayéndoles una pizca de esperanza. Él tiene tanto reservado para cada una de ellas, ¡y ellas solo necesitan saberlo!»