Peleando con Jesús

Butros era temido en la calle, pero Jesús lo salvó

La historia de Butros* es muy simple de contar según él: «Dios me tomó de la basura, junto a las ratas y me puso como un rey.» Pero desde el inicio no lucía como que tendría mucha esperanza. Desde que era un niño pequeño le decían que tenía una “cara dura,” y él recuerda claramente los sentimiento que le generaban. «Yo sabía que no era lindo. De hecho crecí describiéndome como una bestia. El mundo alrededor de mí parecía estar de acuerdo.»

Su familia era originaria de un pequeño pueblo cristiano en las montañas de Líbano, sin embargo por la guerra civil que se esparció en los años 70 y su casa familiar fue destruida, y su padre los movió a las afueras de Beirut con la esperanza de seguridad. No pasaron mucho tiempo viviendo ahí cuando se volvió tan peligroso que no se les permitía a los niños jugar afuera.

A pesar de esto, cuando Butros tenía cinco años estaba jugando afuera cuando conoció por primera vez a “el sacerdote”, un hombre completamente vestido de una túnica negra y que sostenía un bastón alto. La imponente figura estaba parada en un edificio con vista a su vecindario. Butros no reconocía el edificio por una buena razón, no se construiría hasta muchos años después. El sacerdote le ordenó, «Ve con tu mamá al techo. Dile a todos en el camino que no se escondan en el refugio, sino vivan normalmente.»

Cuando el pequeño niño con la cara dura le dijo a sus vecinos lo que él había visto, ellos trajeron imágenes de diferentes santos a los que adoraban. Él besó la imagen que le recordaba al sacerdote que había visto, y sus vecinos aceptaron el mensaje. Más tarde, el mismo día, 31 bombas cayeron en el vecindario casi instantáneamente. En el caos, nadie tuvo tiempo de correr por seguridad. Ni siquiera  nadie intentó encontrar un refugio. Cuando el ataque terminó, el refugio del vecindario estaba en escombros, destruido.

El pequeño Butros no recordó nada excepto abrir sus ojos y ver a un doctor francés inclinado sobre él, examinando una pieza de metralla incrustada en su frente. Cuando Butros murmuró lo que el santo le había dicho, el doctor casi se desmaya, pero componiéndose sujetó la pequeña cabeza de Butros con una mano y sacó la metralla, encontró un pedazo de tela para detener el sangrado y cerró la herida. 

Ellos esperaron juntos por ayuda hasta que finalmente llegó, 48 horas después. El personal médico removió la tela de la cabeza de Butros y encontró la piel completamente cerrada y el tejido sano. La familia de Butros y sus vecinos abrazaron la creencia que el sacerdote que el pequeño niño había visto era un santo patrón de Beirut en la iglesia Ortodoxa Libanesa.

Fue un comienzo milagroso, uno que Butros se dio cuenta más tarde que había sido orquestado por un poder diferente a Dios. Él creció sintiéndose en deuda con este santo, pero lleno de odio. Tan pronto como fue lo suficientemente grande, se unió a un ejército político para proteger a su gente. «Poníamos una fotografía de Jesús en nuestras armas e íbamos a pelear. No me daba cuenta que en realidad estaba peleando con Jesús todos los días,» Butros recordó. Golpeando su pecho con su puño, reconoce, «tenía un gran, gran odio aquí por todos los que fueran diferentes a mí – cualquiera con una fe diferente, un país diferente o sangre diferente.»

Su agresiva y violenta vida lo colocó en una posición de poder sobre los que estaban cerca de él, controlaba a los miembros de su familia cruelmente e intimidaba a sus vecinos. Él decía que estaba “protegiendo” a su propia gente mientras mataba a otros. Nadie cerca de él se sentía a salvo. Ninguno se sentía lo suficientemente fuerte para decirle que se estaba destruyendo a sí mismo. En cambio, abrazaban al santo que seguía y creían en el poder que Butros tenía bajo el cuidado “del sacerdote”.

Butros recuerda la oscuridad de esos días. «Cada momento que yo me sentía enojado o estaba metido en un problema, veía al santo parado a mi lado para mostrarme todo lo que le debía. Me habían enseñado que Jesús te castigaría si tú no hacías lo que él quería, que tenía que estar arrodillado enfrente de Jesús el día entero como un esclavo si quería que me aceptara. Yo decidí amar más al santo, porque si yo quería un carro, dinero, salud, consejo o una mujer, yo podía orar al santo y él me lo daba. Yo tuve todo lo que quería, excepto felicidad. Viví mi vida entera odiando a la gente.»

La horrible verdad lo abrumó el día que él recogió el carro de sus sueños. Él lo estaba probando a lo largo de una carretera costera, el sistema de música al máximo, todos los accesorios brillaban y una placa que lo ponía a la par de los jueces del país. Eso era todo lo que él había querido siempre. Pero se sentía perdido y solo.

Butros se detuvo fuera del camino en la oscuridad del invierno, a lo largo de las grandes rocas y las olas golpeando del Mediterráneo. «Conocía bien el área. Era el lugar de muchas de mis malas acciones. Sabía que una vez que bajara por las rocas hacia el agua no habría manera de regresar. Seguro de que nadie me podía ver, me tiré al agua. No intenté nadar o salvarme a mí mismo. Solo estaba pensando en una cosa: Nadie me ama, ellos solo tienen miedo de mí. Yo no merezco vivir en este mundo. Me di cuenta que estaría de cara con el infierno cuando muriera, y sería mejor que vivir.»

Repentinamente, desde el balcón desde un departamento alto por encima de la costa – una distancia imposible para ver a cualquiera agitarse en el mar oscuro – una mujer empezó a gritar por ayuda. Cada vez que la cabeza de Butros se asomaba en la superficie, podía escuchar sus gritos. Las memorias son claras: «Intenté empujarme hacia abajo para no escucharla, pero como mi brazo estaba roto por las rocas, no podía mantenerme abajo. No sé cuánto tiempo estuve allí desesperadamente flotando, y ella gritando. Pero tal vez 30 minutos pasaron antes de que viera a través del agua del mar que me lavaba la cara ensangrentada, un bote de pescadores que estaba tratando de alcanzarme. Ellos lucharon para arrastrarme al bote. Aunque estaba medio consciente, sabía que no quería ser salvado, así que me tiré de vuelta al agua. Otro bote pequeño se les unió y finalmente me arrastraron a bordo del segundo bote y me amarraron. Ese día decidí parar de lastimar a la gente.»

Después de siempre pedir al santo por todo que quería, por primera vez en su vida oró directamente a Dios, «Pon a alguien en mi vida que ame a mi pequeño hijo.» El pequeño Khalil*, de solo cuatro meses de vida, necesitaba cuidado después de la separación de sus padres, así que la madre de Butros intervino para ayudar.

Fue cuando Butros conoció a Joelle*. Él también conoció a la familia de ella, buenas personas que se respetaban entre ellos, para su sorpresa también lo respetaban a él. Él fue testigo de una manera diferente de relacionarse con los demás, se dio cuenta que ella era el tipo de la mujer por la que había estado orando, una que sería buena para el pequeño Khalil.

Después que ellos se casaron, él recuerda haber escuchado que una Biblia en el hogar traería muchas bendiciones. Entonces él colocó una Biblia abierta en un mueble de su sala. «Cada mes leía una página y después la volvía a poner en el mueble.» Después de pocos meses, había leído hasta Génesis 3, donde Adán y Eva escucharon el sonido de Dios mientras caminaban en el jardín y donde Dios habló con ellos, en persona. Era una posibilidad increíble para Butros.

«Ese pensamiento empezó a cambiar mi vida ¡como si mi sangre estuviera cambiando!» Empezó a leer Génesis 1- 4 una y otra y otra vez. «Empecé a mirar cómo Jesús se relacionaba con Adán y Eva. Él no les hablaba a través de un santo, Él les hablaba directamente.» Comenzó a leer bastante, comparando a Dios en el Antiguo Testamento y a Jesús en el Nuevo Testamento.

Butros realizaba sus estudios de la Biblia de la misma manera en la que hacía su trabajo como interrogador en el departamento de policía, examinaba cada palabra y pensamiento, tratando de descifrar qué era realmente lo que estaba diciendo, cuál era la verdad. Butros recuerda cuán difícil fue para él, «sabía que no era buen estudiante, crecí en medio de la guerra con una mala educación y no podía leer ni escribir bien. Pero pronto me di cuenta que podía entender la Biblia, solamente necesitaba un maestro.» Él empezó a pedir a cristianos de mucho tiempo le ayudaran a estudiar la Biblia, nadie parecía interesado.

Su avance llegó cuando poco después de abrir su propio taller de servicio automotriz, Joelle le dijo que uno de sus alumnos de árabe necesitaba ayuda para reemplazar una llanta reventada, El estudiante de árabe era el pastor Adventista que recientemente había bautizado a Joelle. El cambio de llanta llevó a una conversación, una amistad, y entonces a estudios de la Biblia, «Yo no hablaba bien inglés y él apenas estaba aprendiendo árabe, pero nos las arreglamos. El pastor tampoco usaba papel para seguir sus estudio,» recalcó Butros. «Él escuchaba mis pensamientos y cuáles eran mis preguntas. Yo encontraba cosas difíciles para que él explicara. Yo quería probarlo, pero también quería conocer más.»

Butros se reunió con el pastor solamente cuatro veces antes de tomar la decisión trascendental de entregar su vida a Jesús y compartir su experiencia con su familia. La transformación de Butros apenas comenzaba.

Un fresco día de primavera su bautismo estaba programado, el se dio cuenta que el agua del baptisterio estaba helada. «Al inicio dudé, pero luego me di cuenta de todo lo que Cristo había realizado por mí, yo realmente estaba orgulloso de pasar por el agua helada por Él.»

«Mi vida es nueva ahora,» exclama Butros. «Antes solía describirme a mí mismo como una bestia pero ahora con Jesús siento que mi rostro puede brillar como el de Moisés y mostrar a otros lo que he estado con Jesús.»

*Los nombres han sido cambiados.